martes, 1 de mayo de 2012

MÁS OBRAS DE TEATRO... ¡PREPARATE DISPARATE 1!

Este es PREPARATE DISPARATE 1, con muchas obras de teatro cómicas y breves para los chicos. 

También para que los docentes puedan hacer o leer teatro en el aula, el patio de la escuela o donde más lo deseen.

Pronto, se viene el segundo volumen.

UNA CALESITA QUE TIENE MUCHOS CUENTOS PARA LOS CHICOS Y CHICAS

Editorial Lúdico acaba de lanzar LA CALESITA VOLADORA Y OTROS CUENTOS DE MARAVILLAS. 

Tiene ilustraciones de la genial Mey y lo presenté en la Feria del Libro 2012.

Espero que les gusten sus cuentos y sus dibujos.

LIBRO PARA LOS MÁS CHIQUITOS... ¡CON TRES CUENTOS!

En la colección "Ya sé leer 3 cuentos", de Del Naranjo, publiqué el cuento Carolino se muda. 

Comparto el libro con Karina Echeverría y su cuento "Dos gotas soñadoras"; y Olga Linares, y su cuento "Nito busca a su mamá". 

Las ilustraciones son de Mariela Santín.

sábado, 24 de marzo de 2012

¡NO SOY UNA MARIPOSA!, un libro ilustrado y lleno de poesía


Este es ¡NO SOY UNA MARIPOSA!

Tiene unas ilustraciones diviiiiiiiiiiiiinas de Virginia Piñón.

Es muy bonito y, creo que divertido (al menos a mí me divirtió escribirlo).

Es de la colección Amarante, de Salim Ediciones.

Ideal para los más pequeñuelos que duermen en un pañuelo...

¿QUIEN MATÓ A LA MADRASTRA? Un policial con mucho humor



Holaaaaaaaaaaa... Les presento... ¡Cha chan cha chan!
¿QUIÉN MATÓ
A LA MADRASTRA?
,
una novela policial con mucho humor y fantasía.


Tiene una asesinato, varios sospechosos, hadas madrinas, brujas y lobos feroces... ¿Cómo les suena?


Los dibujos son del grosso de Alberto Pez (¡la portada se merece el Oscar!)


Es parte de la colección Amaranta, de Salim Ediciones.

Espero que les guste...

lunes, 13 de febrero de 2012

BELLA Y BESTIA, una clásica y maravillosa historia de amor vuelta a contar


Les presento BELLA y BESTIA, de la colección Latramaquetrama, de editorial AIQUE.
Está basado en el relato de Jeanne Marie Leprince de Beaumont y el cuento popular italiano recopilado por Ítalo Calvino.
Las ilustraciones son una hermosura.
Espero que los disfruten tanto como yo disfruté escribirlo...

viernes, 13 de enero de 2012

MI ABUELA TIENE UN JARDÍN… ¡ES CASCARRABIAS MI ABUELA! Cuento para leer sin respirar

Mi abuela tiene un jardín.
Es cascarrabias mi abuela.
En el jardín de mi abuela cascarrabias hay un manzano.
Alto y copudo el manzano.
En el manzano alto y copudo duerme la siesta una manzana.
Roja y jugosa la manzana.
Dentro de la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano alto y copudo que hay en el jardín de mi abuela cascarrabias, vive un gusano.
Largo y finito el gusano.
Y siempre el gusano largo y finito tiene la punta de la cola afuera de la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano alto y copudo que hay en el jardín de mi abuela cascarrabias.
La gallina lo descubre.
Blanca y esponjosa la gallina.
Con el pico, la gallina blanca y esponjosa agarra la punta de la cola del gusano largo y finito que vive dentro de la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano alto y copudo que hay en el jardín de mi abuela cascarrabias.
Tira… Tiraaaaaa… Tiraaaaaaaaaaa la gallina blanca y esponjosa de la punta de la cola del gusano largo y finito que vive dentro de la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano alto y copudo que hay en el jardín de mi abuela cascarrabias.
El gusano largo y finito se abraza al corazón de la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano alto y copudo que hay en el jardín de mi abuela cascarrabias.
La gallina blanca y esponjosa no se da por vencida.
Llama al gallo.
Flaco y desplumado el gallo.
El gallo flaco y desplumado sujeta por una pata a la gallina blanca y esponjosa que tira… tiraaaaaa… tiraaaaaaaaaaa de la punta de la cola del gusano largo y finito que vive dentro de la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano alto y copudo que hay en el jardín de mi abuela cascarrabias.
No pueden sacarlo.
Llaman al pollo.
Gordito y amarillo el pollo.
El pollo gordito y amarillo agarra por un ala al gallo flaco y desplumado que sujeta por una pata a la gallina blanca y esponjosa que tira… tiraaaaaa… tiraaaaaaaaaaa de la punta de la cola del gusano largo y finito que vive dentro de la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano alto y copudo que hay en el jardín de mi abuela cascarrabias.
Tampoco pueden sacarlo.
Llaman al pato.
Negro y picudo el pato.
El pato negro y picudo se prende de una pluma del pollo gordito y amarillo que agarra por un ala al gallo flaco y desplumado que sujeta por una pata a la gallina blanca y esponjosa que tira… tiraaaaaa… tiraaaaaaaaaaa de la punta de la cola del gusano largo y finito que vive dentro de la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano alto y copudo que hay en el jardín de mi abuela cascarrabias.
¡Es inútil!
Llaman al ganso.
Blanco y canta con voz de bocina el ganso.
El ganso blanco y que canta con voz de bocina se abraza al cogote del pato negro y picudo que se prende de una pluma del pollo gordito y amarillo que agarra por un ala al gallo flaco y desplumado que sujeta por una pata a la gallina blanca y esponjosa que tira… tiraaaaaa… tiraaaaaaaaaaa de la punta de la cola del gusano largo y finito que vive dentro de la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano alto y copudo que hay en el jardín de mi abuela cascarrabias.
¡No hay caso!
Llaman al pavo.
Pavote y despliega un abanico en el poto el pavo.
El pavo pavote y que despliega un abanico en el poto apresa por una pestaña al ganso blanco y que canta con voz de bocina que se abraza al cogote del pato negro y picudo que se prende de una pluma del pollo gordito y amarillo que agarra por un ala al gallo flaco y desplumado que sujeta por una pata a la gallina blanca y esponjosa que tira… tiraaaaaa… tiraaaaaaaaaaa de la punta de la cola del gusano largo y finito que vive dentro de la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano alto y copudo que hay en el jardín de mi abuela cascarrabias.
En eso, aparece mi abuela que es cascarrabias. Les grita:
–¡Dejen en paz a ese gusano largo y finito que vive dentro de la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano que hay en el jardín de esta abuela cascarrabias!
El pavo pavote y que despliega un abanico en el poto suelta la pestaña al ganso blanco y que canta con voz de bocina que se libera del cogote del pato negro y picudo que se desprende de una pluma del pollo gordito y amarillo que se desengancha del ala del gallo flaco y desplumado que se despega de la pata de la gallina blanca y esponjosa que deja de tirar… tiraaaaaar… tiraaaaaaaaaaar de la punta de la cola del gusano largo y finito que decide abandonar la manzana roja y jugosa que duerme la siesta en el manzano alto y copudo que hay en el jardín de mi abuela cascarrabias.
El gusano largo y finito se muda a una nuez.
Dura y cascaruda, tiene siete cerraduras la nuez.
Y si alguien golpea, le dirá:
–No estoy.
A nadie, aunque sea gusano, le gusta que le tiren de la punta de la cola para sacarlo a la fuerza de su casa. Sobre todo si su hogar es una manzana roja y jugosa que duerme la siesta en un manzano alto y copudo que hay en el jardín de una abuela cascarrabias.

viernes, 30 de diciembre de 2011

EMPANADAS DE PULPO, un cuento para fin de año


Aída era la típica tía que todos adoran.

Ya entrada en años, zafaba muy bien con sus vestidos llenos de floripones tecnicolores, zapatos con taquitos que sonaban tic tic tic y la enruladísima cabellera color violeta, sin dudas producto de un pésimo teñido.

Y aunque ¡era solterísima!, vivía con la esperanza de hallar a su Príncipe Azul. Y mientras eso ocurría, dedicaba toda su pasión a la cocina. ¡Las de comidas y postres riquísimos que se mandaba!

Precisamente para esa cena de Año Nuevo, quiso sorprender a la parentela con una exótica receta: empanadas de pulpo. Plato que le sonó a desafío porque el cocinero debía encargarse de criar al mismo pulpo que luego usaría como relleno.

Por eso, en la penúltima semana de noviembre fue a una casa de mascotas y se compró un huevo de pulpo. Siguiendo la receta, lo depositó tiernamente en una pecera. Y una vez al día se pasaba dos horas apuntándolo con una linterna encendida para darle calorcito.

A mediados de diciembre, el huevo eclosionó. Primero asomó un tentaculito, luego otro, otro, otro… hasta completar ocho, con sus ventocitas y todo. Finalmente, un pulpito azulino y primoroso se impulsaba por todo su hogar de agua y vidrio.

Desde ese primer momento, nació un vínculo entre ambos. Y Aída se ocupó de que no le faltaran algas, peces y crustacitos, para que comiera.

A la semana, ya le había puesto nombre: Rolando. Y el pulpo crecía sano y fuerte e iba venciendo su natural timidez: cada vez que escuchaba el tic tic tic de los taquitos de Aída acercándose, se pegaba al vidrio de la pecera y la recibía con soñadoras miradas.

Sin embargo, el prodigioso octópodo caía en negras depresiones cuando los parientes venían a verlo y se relamían preguntándoles a Aída cómo lo convertiría en relleno de empandas.

Por su parte, Aida no era de fierro. Le había agarrado cariño al pulpo y comenzó a analizar la posibilidad de preparar otro plato.

–Creo que haré una ensalada rusa o un salpicón de pollo –comentó a cada uno de sus parientes y ante la pregunta de: ¿Pero la cena no incluía a Rolando?, aclaraba–: Es que está tan grandote y de un azul sumamente bonito. Es una pena que ese magnífico ejemplar termine hecho picadillo ¿No?

–¡No! –fue la coincidente respuesta de sus parientes, que le exigieron que para la noche del 31 hiciera sí o sí las famosas empandas de Rolando, digo… pulpo.

Un día antes de la esperada cena, Aída ya no soportó la angustia de tener que elegir entre su pulpo azul o la angurria de los parientes.

–Mi familia nos quiere separar. ¡Entonces, no quiero saber nada con ellos! Recibiremos el Año Nuevo solos: vos y yo –anunció perdiéndose en la mirada de ternura que el bicho le regalaba a través de la pecera.

Llegaron las doce del 31. La familia brindó, se abrazó, se deseó ¡Felicidades! y todo eso. Aída, no estaba entre ellos; sí, en cambio en su casa junto a Rolando. Por eso, cuando se calmaron los vapores de alegría, alguien sugirió:

–Vamos a buscar a la tía. Es injusto que por unas empanadas la dejemos fuera.

Y allá fueron. Golpearon a la puerta de Aída. No atendió. Quemaron el timbre. Tampoco apareció. Preocupado, un primo se pasó por el patio del vecino y abrió desde adentro. No hallaron ni rastros de Aída. De Rolando tampoco.

Y esa noche nació un mito urbano.

Algunos dicen que Aída había terminado enamorándose del pulpo y cuando llegaron las doce de la noche, lo besó, transformándolo en su anhelado Príncipe Azul. Se habla que ahora andan por el mundo. Ella feliz junto a un joven que puede saludar de mano a tres personas, untar pan con manteca, jugar al tenis, peinarse, sacarse un moquito y encima pellizcarle un moflete a su amada… ¡todo a la vez!

Otros, dicen que fue al revés: Rolando se había enamorado de Aída. Y que en el preciso instante en que el reloj marcó las doce, saltó de la pecera y se le prendió a los labios, convirtiéndola con su beso en ¡pulpa!

Muchos hablan que ahora nadan juntos por los mares. Él, feliz junto a una molusca cefalópoda con tentáculos con taquitos en las puntas y de color violeta, sin dudas producto de un pésimo teñido.

Se dice eso y mucho más. Pero se dicen tantas cosas.

viernes, 25 de noviembre de 2011

ESQUELETO DE MODA, un cuento para lucir mucho mucho mejor


“Andar como un esqueleto no es vida, ni siquiera para un esqueleto”.

Eso pensaba a toda hora aquel esqueleto.

Es que el pobre, que era puro hueso, se moría de frío.

Fuera invierno o verano, estaba helado como cualquiera que esté obligado a ocupar una casa húmeda, oscura, profunda como… ¡UNA TUMBA!

Ya sea de día o de noche, le castañeteaban los dientes a ritmo de malambo. Hacía tanto ruido con las muelas, que los demás ocupantes del cementerio se la pasaban meta:

–¡Shhh! ¡Shhhhhhh! ¡Shhhhhhhhhhhhh!

Y con el vientito de los ¡Shhh! ¡Shhhhhhh! ¡Shhhhhhhhhhhhh!, más era la friolera que le daba. No tenía pelos, como cualquier esqueleto, por eso se le ponían de puntas las vértebras.

A toda hora, temblaba de un modo incontrolable. Muchas veces terminaba hecho un montoncito de huesos y corría peligro de que algún perro le llevara la clavícula, el esternón o el cráneo.

Con la gelidez que lo invadía, se le contraían las falanges, falanginas y falangetas; las de las manos y también, la de los pies. Y para poder agarrar una cuchara o dar aunque sea un paso, antes debía untarse los huesos de los dedos con manteca, como cualquiera haría para aceitar las bisagras de la puerta.

Usar frazadas no podía, era alérgico a la pelusa. Tampoco, encender una estufa, porque su sepultura no tenía conexión de gas. Y ni pensar en prender una fogatita, le tenía repelús al fuego.

Intentó sacarse el frío de muchísimas otras maneras.

Nada le funcionó.

Probó con chocolate caliente, que intentó beber con su temblequeante mandíbula. Pero el chocolate se le chispaba por entre las costillas y terminaba encharcando el fondo de la tumba. Entonces, se le llenaba de hormigas.

Por consejo de un fantasma conocido, jugó a La batalla del calentamiento. Sin pensar en las consecuencias, se puso a saltar mientras canturreaba:

En la batalla del calentamiento,

había que ver la carga del jinete.

¡Jinete! ¡A la carga!

Una mano…

Y la mano salió volando; quedó incrustada en un ojo del fantasma conocido que le había dado el consejo. Un pie fue a parar al nido de gorriones que había sobre la rama de un árbol, y el otro, al techo de una casa vecina al cementerio. Afortunadamente dejó de saltar, sino hasta hoy el esqueleto estaría buscando el resto de su huesudo cuerpo.

Se decidió y salió a comprarse ropa de abrigo. Pero todo le resultaba pasado de moda, de mal gusto o le quedaba demasiado holgado. Además, no tenía un peso partido al medio: ¿Dónde se lo guardaría, si los esqueletos no tienen bolsillos?

No le quedó otra que coserse su propia ropa. Sí, sería su propio modisto y costurero. Hizo un curso on line de corte y confección; otro de tejido a una, dos, tres y cuatro agujas; también, un diplomado en zurcido y bordado.

Ya te dije que no tenía nada de dinero. Por eso, recurrió a una araña que vivía en lo alto de un mausoleo: le pidió el favor de que le tejiera algunos metros de tela, lo más gruesa que le saliera. La patona, que a eso se dedicaba, aceptó gustosa.

A una familia de caracoles que siempre andaban por ahí, le pidió los hilos de baba que dejaban al pasar. Se los dieron sin poner “peros” y el esqueleto enrolló diez carreteles de un hilito traslúcido y pegajoso de muy buena calidad.

El tallo de un clavel seco le serviría como ajuga; la tijera la improvisó con dos trozos de mármol bien filosos. Luego vería de dónde sacaría los botones y los ojales.

Lo primero que cosió fue un pañuelo. Debía empezar por lo más fácil, pero además le venía de diez para sonarse la mocarrera de su incurable resfrío.

Le salió lindo el pañuelo. Por eso, inspirado se hizo un par de medias, una camiseta, unos calzoncillos y un pijama. A todos, les puso bolsillos y, se dice, que fue el primer esqueleto en tener donde guardar algo.

Solucionado el problema del frío que le agarraba cuando se iba a dormir, pasó a la ropa de calle. No salía mucho del cementerio, a lo sumo iba y venía al almacén, pero tampoco era cuestión de andar por ahí en zoquetes, calzones y pijama.

Se tejió unos guantes para sus esqueléticos dedos, una bufanda que le dio como cien vueltas al hueso del cogote y un gorro con pompón para tapar su calva calavera. Orejeras no tejió, hacía mucho que se había quedado sin orejas.

Ya tenía con qué abrigarse, pero cuando se miró al espejo, dijo:

–Es todo transparente. Aquí hace falta un poco de color.

Le pidió a la araña que le tejiera tela con algo de color. Y le llevó pétalos de rosas, violetas, alelíes, caléndulas y petunias que se robó de los floreros de las tumbas.

La araña mascaba los pétalos y sus hebras iban saliendo de todos los tonos posibles.

Tanto le gustó la novedad, que se le ocurrió masticar pétalos de diversas flores. Sus telas comenzaron a combinar diversos colores y diseños. Fue la primera araña, se dice, en tejer telas a rayas, lunares y cuadritos.

A los caracoles les pidió pasar más seguido sobre el césped, el barro o las plantas. De ese modo, también comenzaron a dejar hilitos de todos colores, aunque seguían siendo babosos.

Con semejante explosión de colores y diseños en las telas e hilos, el esqueleto no solo tuvo con qué armarse un vestuario que era un regalo para los ojos, sino también una fineza en los detalles. Cuando terminaba una camisa o un pantalón, les hacía exquisitos bordados con motivos que se le iban ocurriendo en el momento y no dejaba puntada sin hilo.

La fama del esqueleto modisto le llegó la vez en que el mismo fantasma que le había dado el consejo, le pidió que le zurciera la sábana que lo cubría. El prodigioso artista del hilo y la aguja le hizo el remiendo, pero además le cosió triangulitos con tela de araña verde y roja, y le ribeteó la botamanga con una llamativa mezcla de azul marino y amarillo patito.

Al verlo, los demás ocupantes del cementerio comenzaron a encargarle modelos exclusivos. Siempre enfundado dentro de una armadura de zoquetes, calzoncillos, camiseta, pantalón, camisa, bufanda y gorro con pompón, el esqueleto se encerraba a diseñar, cortar, coser…

Finísimas se veían las esqueletas con vestidos que tenían luciérnagas y mariposas bordadas como si fueran lentejuelas. Elegantísimos resultaban los esqueletos en sus trajes con botones de bichos bolitas o escarabajos; muchos, usaban murciélagos como moñitos.

–¿Me queda bien? ¿Me queda bien?–era lo primero que le preguntaban al modisto.

Y él, luego de mirarlos un ratito, era honesto:

–Sí, pero lucirías mucho mucho mejor si no fueras tan tan flaco.

Desde ese momento, esqueletos y esqueletas comenzaron a sumar kilitos. Y de pronto, dejaron de lucir pálidos, raquíticos, enfermizos. Aunque seguían muertos, gozaban de excelentísima salud.

Los fantasmas se volvieron loquitos con las estrambóticas camisolas llenas de espirales, ondas, estrellitas y todo lo que, según el esquelético modisto aseguraba, se imponía en los grandes centros de la moda mundial.

No se quedó en eso. Fue más allá. Y al tiempo, los mausoleos tuvieron cortinas y alfombras con flecos de gusanitos. En las tumbas todos dormían con sábanas, fundas y acolchados estampadas con lombrices que formaban arabescos o firuletes. Los espectros comenzaron a almorzar, cenar o tomar usando manteles y servilletas decoradas con moscas cosidas igual que perlas negras.

Habiendo leído que los grandes diseñadores eran franceses, en cierto momento el esqueleto comenzó a llamarse André Antoine du le Peroné. Y en vez de decir “sí”, decía oui o saludaba Bonjour o Au revoir.

Un día, se puso zoquetes, calzoncillos, camiseta, pantalón, camisa, bufanda, gorro apomponado encima de los zoquetes, calzoncillos, camiseta, pantalón, camisa, bufanda, gorro apomponado que usaba siempre; y como si fuera poco, un sobretodo sobre todo eso.

–Las pasarelas del planeta piden a grito mi presencia –anunció a todos y se despidió con un Où sont les toilettes?, que él creía significaba “Nos vemos”, cuando en realidad es el modo en que en Francia se pregunta: ¿Dónde está el baño?

Los demás, que de francés no entendían un pepino, lo saludaron con un sencillo:

–Chau.

El esqueleto se fue del cementerio. En la valija, además de diez pares de cada una de las prendas con las que se abrigaba, iban la araña telera y la familia de caracoles hilanderos.

André Antoine du le Peroné fue un éxito. Revolucionó la moda con sus diseños y también con su filosofía.

Es que las modelos, que se peleaban por lucir sus diseños, antes de salir a desfilar siempre le preguntaban:

–¿Me queda bien? ¿Me queda bien?

Luego de mirarlas un ratito, él siempre era honesto:

–Te queda precioso, mon amour. Pero lucirías mucho mucho mejor si no fueras tan tan flaca. Andar como un esqueleto no es vida; te lo dice un experto en el tema.

lunes, 7 de noviembre de 2011

EL BESO DESENCANTADOR, cuento con sapo y príncipe incluido


El zoológico tenía muchos senderos. Por uno de los senderos, venía Frivarola.

Era gordita Frivarola, estaba maquillada como una puerta, por ambos lados, y se había puesto un atuendo como el que usan los que se van de safari al África.

Les sacaba fotos a todos los animales que iba encontrando a su paso. Un tigre y ¡clic! Una anaconda, otro ¡clic! El oso panda ¡clic! La pareja de jirafas ¡clic! ¡clic! Los monitos tití ¡clic! ¡clic! ¡clic! ¡clic! ¡clic! Pasaba una mosca ¡clic!

En eso, escuchó ¡croac! Miró al suelo y a la altura de pies había un sapo. Era viscoso, verrugoso, retacón el sapo.

Por supuesto, recibió un ¡clic! de Frivarola.

Ya seguía su andar por los senderos del zoo, cuando el sapo la paró en seco:

–¡Detente, dulcérrima, bella dama!

Con ligeras miradas, Frivarola buscó por todos lados: no sería la primera vez que la hicieran víctima de la cámara oculta de algún programa de televisión.

No vio a alguien más. Solo estaban ella y el sapo retacón.

–¿Me habló a mí? –le preguntó, rojeando para ver si se trataba de un sapo de verdad o era uno de juguete que algún niño había perdido durante su visita al zoológico.

–Sí, mis palabras te tienen como destinataria a ti, hermosa señora.

–¡Señorita! –aclaró, algo ofendida, Frivarola; era soltera desde que había nacido.

–Mil perdones por el error –. El sapo bajó la frente en señal de respeto–. Pero suponía, equivocadamente, que una preciosura como vos ya tenía dueño.

–¿Dueño?

–Sí, un gallardo caballero que seguro habría salido a dar cientos de batallas, poniendo en riesgo su pellejo sólo por el placer y el honor de regresar para que tú, oh primorosa doncella, lo corones con caricias y un sinfín de “te quieros”.

Sonrojada, Frivarola debió aceptar que el sapo era fiero, pero tenía la labia digna de un poeta. Le agarró un ataque de suspiros.

–Y, para mi suerte, he confirmado que tu corazón aún está libre…

–¿Por qué para su suerte, si se puede saber? –Frivarola sentía que la sangre se le iba volviendo almíbar.

–Pues, agraciadísima entre todos los ángeles del Cielo, debo contarte que yo no soy un sapo.

–¿No? ¿Sos una rana, entonces?

–Tampoco –.La voz del anfibio se volvió humo–. Soy víctima de un encantamiento. ¡Bárbaro, feroz, perverso el encantamiento! En realidad… ¡soy un príncipe encantado!

–¡Ay, no, pobrecito! –sufrió Frivarola.

–Como lo oís, graciosa beldad–. El sapo estaba hecho trapo por la confesión–. Una malvada hechicera, de esas que no tienen otra cosa que hacer que andar jorobando a los demás, me convirtió en esto. Pero antes, era lindo como un sueño, fuerte como un cíclope, valiente como un millón de soldados, amable, galante, con buen aliento y letra de lo más prolija.

–Lo que se dice: El príncipe azul –comentó ella, llevándose ambas manos al pecho; el corazón le latía a ritmo de malambo.

–¡Príncipe azul, que acabó transformado en sapo verde! –se lamentó el anuro–. Pero, para mi fortuna, apareciste como una primavera en mi destino teñido de invierno.

–Por favor, deje de decir esas cosas que me pone… uffff… ¡no sabe cómo me pone! –Las mejillas de Frivarola eran dos pimpollos de rosas recién abiertos–. Le aclaro que soy muy romántica y me le puedo enamorar ya mismito.

–Mejor, mucho mejor, mi exquisitérrima, delicada, embriagadora dama –celebró el sapo–. Porque, como ya es habitual en casos como el mío, sólo el beso de alguien como tú podrá romper tan cruel, atroz, desalmado encantamiento.

–¿Besarlo?

–Si, y tiene que ser en la boca el beso desencantador, eh.

–Pero… besarlo… este… yo… usted… es… es… un….sa…! –se le había ido todo el romantizaje a Frivarola: una cosa era dejarse fascinar por las palabras del sapo, otra darle un beso–. No lo tome a mal, pero…

–Entiendo –la interrumpió el otro, su voz era una cortina hecha trizas–. Ya he pasado siglos esperando que apareciera alguien como tú, no me molestará esperar otros tantos… pero, quién sabe, a lo mejor antes enferme y ¡muera!

–¡Ay, no, pobrecito! –volvió a sufrir Frivarola–. Está bien, le voy a dar ese beso…

–¡Gracias, gracias y un enjambre, una bandada, un ramillete de gracias, dueña de mi destino, buena estrella que iluminas mi estrella! –.El sapo sonaba en verdad emocionado.

Frivarola miró hacia todas partes. Nadie.

Hizo que el sapo encantado se le subiera a la palma de la mano y se lo arrimó a los labios.

Miró nuevamente a izquierda, derecha, arriba y abajo. Nadie.

Se puso más lápiz labial sobre el que ya tenía; remojó sus labios y…

Otra vez se fijó a diestra y siniestra si alguien andaba curioseando. Nadie.

Cerró los ojos y… ¡chuic! Le metió un beso al sapo que casi le partió los morros.

Frivarola tuvo la sensación de haber besado una esponja o una porción de gelatina.

Cuando volvió a mirar, esperaba tener enfrente a ese príncipe lindo como un sueño, fuerte como un cíclope, valiente como un millón de soldados, amable, galante, con buen aliento y letra de lo más prolija.

Pero el príncipe ese no estaba. El sapo sí seguía ahí.

–¿Qué pasó? –Frivarola era una mezcolanza de desconcierto, frustración.

El sapo levantó los hombros en señal de “¡Qué se yo!”. A la vez, decía:

–Tal vez no seas tan enamoradiza como me habías dicho.

Como si nada hubiera pasado ahí, porque en realidad no había pasado nada, se despidió sin remilgos:

–Buenas tardes.

Y se fue, a los saltitos.

La pobre Frivarola quedó turbada. Su cara hecha una sola mancha de rimel corrido por las lágrimas. El corazón con más agujeritos que una galleta de agua. ¡Aquel sí que había sido un beso desencantador!

El sapo, en cambio mientras se alejaba iba haciendo grotesquísimas muecas.

–¡Qué asco! –decía, sacando la lengua–. ¡Ajjjjjjj… Pero que asco más asqueroso!

Llegó a donde lo esperaban otros animales. Un elefante, una cebra, un gorila, un camaleón y un flamenco.

Habían estado jugando con él al “Verdad-consecuencia”.

El sapo, que como acababa de demostrar, era de mentira fácil. Al no decir la “verdad” cuando le había tocado turno, debió sufrir la “consecuencia”.

–¿Y cómo te fue? –le preguntaron sus compañeros de juegos, muertos de risa: habían espiado todo escondidos detrás de un matorral.

–Desde hoy, juro decir la verdad y nada más que la verdad –aseguró el sapo–. ¡No saben lo inmundo que son los besos de los humanos!